La guerra vista por los niños
ABC
Domingo, 14 de octubre de 2007

La guerra contada por un niño nos parece doblemente cruel porque nos habla de cómo la barbarie acaba con la inocencia. Los diarios escritos por chiquillos desde la Primera Guerra Mundial hasta Irak recogidos en el libro «Voces Robadas» son un emotivo documento. Aquí recogemos parte del diario de Zlata Filipović, una muchacha de 13 años en el asedio de Sarajevo.

5 de abril de 1992

Trato de concentrarme en hacer los deberes (lectura), pero no puedo. Algo está ocurriendo en la ciudad. Se pueden oír disparos desde las colinas. Desde Dobrinja salen columnas de personas. Intentan parar algo, pero ni ellos saben qué. Simplemente uno siente que algo va a suceder, algo muy malo. En la televisión veo a gente ante el edificio del Parlamento de Bosnia-Herzegovina. En la radio ponen una y otra vez la misma canción: «Sarajevo, mi amor». Todo esto es muy bonito, pero tengo un nudo en el estómago y ya no me puedo concentrar en mis deberes. ¡¡¡Tengo miedo de la guerra!!!

12 de abril de 1992

Las bombas están causando estragos en los barrios nuevos de la ciudad: Dobrinja, Mojmilo, Vojnicko Polje. Lo están destruyendo y quemando todo, la gente no sale de los refugios. Aquí, en el centro de la ciudad, donde vivimos nosotros, es distinto. Está tranquilo. La gente sale. Hoy ha hecho un bonito día de primavera. Nosotros también hemos salido. La calle de Vaso Miskin estaba llena de gente y de niños. Parecía una marcha pacífica. La gente salía para estar junta, nadie quiere la guerra. La gente quiere vivir y disfrutar como antes. Es lo natural, ¿no? ¿A quién le gusta o quiere la guerra, siendo lo peor que hay en el mundo?...

20 de abril de 1992

La guerra no es ninguna broma. Destruye, mata, quema, separa, hace desgraciada a la gente. Hoy han caído unas bombas terribles en Bascarsija, el antiguo centro de la ciudad. Explosiones terribles. Bajamos al sótano, al sótano frío, oscuro y asqueroso. Y el nuestro ni siquiera es muy seguro. Mamá, papá y yo estábamos allí agazapados, abrazados los tres en un rincón que parecía algo más seguro. Cuando estaba en la oscuridad y sentía el calor de los brazos de mis padres, pensé en abandonar Sarajevo. Todos piensan en hacerlo, y yo también. No soportaría irme sola, abandonar a papá y a mamá, a la abuela y al abuelo. Y el irme sola con mamá no arregla las cosas. Lo mejor sería que nos fuésemos los tres. Pero papá no puede irse. Así pues, he decidido que nos quedaremos aquí juntos. Mañana le diré a Keka que una debe ser valiente y permanecer con aquellos a los que quiere y que le quieren.

7 de mayo de 1992

Estaba casi segura de que la guerra terminaría, pero hoy... Hoy ha caído una bomba en el parque, delante de mi casa, el parque donde iba a jugar con mis amigas. Hubo muchos heridos. Por lo que he oído, entre los heridos están Jaca, la madre de Jaca, Selma, Nina, nuestro vecino Dado y quién sabe cuántas personas más que estaban en el parque. Dado, Jaca y su madre han salido del hospital y ya están en casa, Selma ha perdido un riñón, pero no sé cómo se encuentra, porque todavía está en el hospital. Y NINA HA MUERTO. Un trozo de metralla se le incrustó en el cerebro y murió. Era una niña tan dulce, tan encantadora. Fuimos juntas a la guardería y jugábamos juntas en el parque. ¿Es posible que nunca más vuelva a ver a Nina? Nina, una niña inocente de once años, ha sido víctima de una guerra estúpida...

5 de junio de 1992

Ya hace algún tiempo que estamos sin electricidad y no dejamos de pensar en la comida de la nevera. De todos modos no queda mucha. Sería una pena que se estropease. Hay carne, verduras y fruta. ¿Cómo podemos salvarla? Papá encontró un viejo hornillo de leña en el desván. Es tan viejo que resulta ridículo. En el sótano encontramos un poco de leña. Sacamos el hornillo al patio, lo hemos encendido y ahora intentamos salvar la comida de la nevera. Lo hemos cocinado todo, y reuniendo fuerzas con los Bobar, hemos hecho un festín. Había ternera y pollo, calamares, tarta de cerezas, pasteles de carne y patata. Había de todo. Pero es una pena ue tuviéramos que comerlo todo de una vez... Hemos limpiado las neveras y los congeladores. Quién sabe cuándo podremos volver a cocinar. La comida se está volviendo un gran problema en Sarajevo. No se puede comprar nada, e incluso los cigarrillos y el café escasean. Se están gastando.

20 de julio de 1992

Como me paso todo el tiempo en casa, observo el mundo a través de la ventana. Sólo un pedazo de mundo. Hay un montón de perros de raza vagando por las calles. Probablemente sus dueños tuvieron que abandonarlos porque ya no les podían dar de comer. Qué triste. Ayer vi a un cocker que cruzaba el puente, sin saber qué dirección tomar. Estaba perdido. Quería ir hacia delante, pero luego se detenía, se daba la vuelta y miraba hacia atrás. Seguramente buscaba a su dueño. ¿Quién sabe si su dueño sigue vivo? Aquí incluso sufren los animales.

18 de agosto de 1992

Mamá trae el agua a casa. Es duro para ella, pero tiene que hacerlo. El agua todavía no ha vuelto. Ni la electricidad. No te lo dije, Mimmy, pero he olvidado qué es tener agua del grifo, qué es ducharse. Ahora usamos un jarro. El jarro ha sustituido a la ducha. Lavamos los platos y la ropa como en la Edad Media. Esta guerra nos está haciendo retroceder en el tiempo. Y lo soportamos, sufrimos, aunque no sabemos por cuánto tiempo más.

15 de noviembre de 1992

Un montón de gente se ha marchado de Sarajevo. Todos ellos conocidos. Mamá ha dicho: «Sarajevo se marcha». Mamá y papá conocen a muchos de los que se han ido. Hablaron con ellos, y cuando se despidieron, todos decían: «Nos volveremos a ver algún día, en algún lugar». Fue triste. Triste y sobrecogedor. El 14 de noviembre de 1992 es un día que Sarajevo recordará. Me recordó a las películas que había visto sobre los judíos en la segunda guerra mundial.

29 de noviembre de 1992

Hace frío. No tenemos suficiente leña, así que la estamos racionando. Hay leña en el mercado, pero, como todo lo demás, sólo puede comprarse con marcos alemanes, y eso es muy caro. Yo no puedo evitar pensar que quizá los tilos, abedules y plátanos de mi parque estén allí, con toda la otra leña (...) Mamá trae el agua a casa y cuando llueve recogemos el agua de la lluvia; no estamos para desaprovecharla. Los días se van haciendo cada vez más cortos. Mamá, papá y yo jugamos a cartas a la luz de las velas, o leemos y hablamos, y a eso de las nueve de la noche Boda, Zika y Nedo vienen a escuchar la RFI,* y así es como termina el día. Es lo mismo casi cada día.

28 de diciembre de 1992

...Mientras te escribo, Mimmy, alzo la vista y miro a mamá y papá. Están leyendo. Levantan los ojos de la página y piensan en algo. ¿En qué piensan? ¿En el libro que están leyendo o acaso intentan recomponer las piezas desperdigadas de este puzzle de la guerra? Creo que debe de ser lo segundo. En cierto modo me parecen todavía más tristes a la luz de la lámpara de aceite (se nos han terminado las velas, así que nos fabricamos nuestras propias lamparillas de aceite). Miro a papá. Ha perdido mucho peso. La báscula dice que veinticinco kilos, pero viéndole yo creo que deben de ser incluso más. Creo que hasta sus gafas le están demasiado grandes. Mamá también ha perdido peso. Parece que se ha encogido; la guerra ha hecho que le salgan arrugas. Dios, ¿qué les está haciendo a mis padres esta guerra? Ya no parecen mi mamá y papá de antes. ¿Terminará esto algún día? ¿Terminará nuestro sufrimiento, y podrán mis padres volver a ser como eran: alegres, sonrientes, guapos?

6 de enero de 1993

Está helando. El invierno ha llegado a la ciudad. Antes el invierno me gustaba mucho, pero en el Sarajevo de ahora es un huésped muy desagradable. Las flores se nos han congelado. Estaban en las habitaciones sin calefacción. Ahora vivimos en la cocina. Es la única habitación que calentamos y en la que logramos mantener una temperatura de 17 °C. Cicko está con nosotros. Tengo miedo de que enferme, porque los pájaros son muy sensibles al frío. Hemos traído los colchones a la cocina y ahora dormimos aquí. (No me hagas decirte cuántos suéteres y jerséis nos ponemos encima del pijama.) Ahora esta pieza es, además de cocina, sala de estar, dormitorio... y hasta lavabo. Tenemos una extraña forma de bañarnos. Extendemos las láminas de plástico y usamos la palangana como bañera, el jarro como ducha, etc. A papá se le han congelado los dedos al cortar leña en el sótano helado. Tienen un aspecto horrible. Tiene los dedos hinchados. Ahora le están poniendo una pomada, pero le escuece mucho. Pobre papá.

26 de enero de 1993

Me he dado cuenta de que ya no te escribo sobre la guerra ni sobre los tiroteos. Debe de ser porque me he acostumbrado a ello. Lo único que me preocupa es que los proyectiles no caigan a menos de 50 metros de mi desde luego, electricidad. No puedo creer que me haya acostumbrado a todo esto, pero parece que así es. No sé si será la costumbre, la lucha por la supervivencia o alguna otra cosa.

30 de julio de 1993

Estoy junto a la ventana. Hace calor. Veo cómo la gente lleva agua a sus casas. Deberías ver las distintas carretillas que usan. Qué apañada es la gente. Carretillas de tres ruedas, de dos ruedas, de una rueda, carros de la compra, cochecitos de paseo, camillas de hospital, carritos del supermercado y, lo mejor de todo, un trineo sobre patines. ¡Y deberías oír los ruidos que hacen! Los diversos ruidos y chirridos de las ruedas. Éstos son los ruidos que nos despiertan cada mañana. Es divertido y triste al mismo tiempo. A veces pienso en todas las películas que podrían hacerse en Sarajevo. Aquí no faltan temas para una película.

17 de octubre de 1993

...Ayer la gente de la televisión canadiense y Janine vinieron a ver cómo habíamos sobrevivido al bombardeo demencial. Fue amable de su parte. Muy amable. Y cuando vimos que Janine traía los brazos llenos de comida, lloramos de tristeza. Alexandra también vino. La gente se preocupa por nosotros, piensan en nosotros, pero unos seres infrahumanos quieren destruirnos. ¿Por qué? No puedo dejar de preguntarme: ¿por qué? No hemos hecho nada. Somos inocentes. ¡Pero estamos indefensos!

Voces robadas. Diarios de guerra de niños y adolescentes.
© Edición: Zlata Filopović y Melanie Challenger.
© Traducción: Marc Jiménez Buzzi.