Autor: Werner Fuld
 
Prólogo

Si verdaderamente los dictadores hubieran tenido el poder en que creían con tan terca obstinación, buena parte de la literatura universal no existiría. Que las obras hayan sobrevivido a pesar de todas las persecuciones y prohibiciones es tan notable como la convicción de los perseguidores —refutada una y otra vez durante siglos— de que con la muerte del autor se extinguen también sus ideas. Los gobernantes de todos los tiempos y culturas —desde el rey ilustrado hasta el jefe tribal primitivo y fundamentalista, desde Augusto hasta el secretario del Partido Comunista de China— han sido incapaces de comprender que las ideas tienen mas fuerza que las leyes.

La historia de los libros prohibidos no habla solamente de una cadena de opresión, obras destruidas y autores asesinados: también ofrece la crónica de la victoria de la palabra sobre el poder. Con su inmenso arsenal de medios de control, las autoridades han dedicado ingentes e infatigables esfuerzos a la localización, persecución y eliminación de las obras proscritas, pero todo su empeño ha sido en balde: los manuscritos prohibidos se han seguido leyendo, los libros confiscados en un lugar se han podido adquirir en otro. Hoy, todo intento de encerrar dentro de las fronteras del propio país los sitios de Internet con contenidos incómodos está condenado al fracaso. Así pues, la historia de las prohibiciones es, fundamentalmente, la historia de la supervivencia de la memoria humana almacenada en los libros.

Para salvar de la destrucción un manuscrito y transmitirlo a la posteridad se requiere implicación personal y valor cívico. Desde el exilio de París, Heinrich Heine escribió en el epílogo de su Romanzero: «He entregado a las llamas con medroso afán los poemas que contenían la menor impertinencia contra el buen Dios. Más vale que ardan los versos que el versificador». Huelga decir que esto es tan exagerado como falso: Heine tenía suficiente conciencia de su propia valía para no censurarse y, además, la amenaza de las represalias físicas era cosa del pasado... o así se creía entonces: nadie contaba con que volviera a perseguirse a la gente por motivos políticos o religiosos. Sin embargo, en determinadas coyunturas históricas el verso más insignificante puede ser la chispa que encienda el fuego de la resistencia. El escritor argelino Boualem Sansal, distinguido con el Premio de la Paz de la Asociación de Libreros Alemanes en 2011, fue privado de sus derechos civiles por oponerse al cinismo de los poderosos con sus libros, prohibidos en su país. Si bien Sansal aún vive en Argelia, otros han muerto en circunstancias no aclaradas y muchos han huido de la dictadura del silencio. Por ello, queremos dedicar un recuerdo a los hombres y mujeres que, en situaciones críticas, han arriesgado la vida para salvar de la destrucción libros prohibidos. Debemos a su valentía algo más que simples libros.


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