Autor: Werner Fuld

Protestas contra Salman Rushdie en Pakistán, quema de libros en Berlín en 1936 y la obra 'Santo Domingo y los albigenses', de Berruguete.

Censúrame y lograrás que me lean

P. UNAMUNO

  • Werner Fuld trata en 'Breve historia de los libros prohibidos' los vanos intentos de acallar a los autores
  • Los 'afectados' son infinitos: Rushdie, Baudelaire, Mann, Voltaire, Freud...

Todos los poderosos que en el mundo han sido intentaron ocultar, silenciar o destruir los libros que perjudicaban sus intereses. El impulso parece consustancial a la condición humana, pues ya 3.000 años antes de Jesucristo los faraones egipcios mandaban borrar a golpe de cincel los nombres de sus predecesores inscritos en los obeliscos.

Werner Fuld, autor de 'Breve historia de los libros prohibidos' (RBA), sostiene que con ese proceder los faraones sólo conseguían llamar la atención sobre los huecos creados. El emperador chino Qin Shi Huan y el romano Augusto se cuentan entre los primeros que organizaron quemas de libros -el procedimiento preferido de los censores-, una costumbre que, aunque residual, permanece en nuestros días.

A Fuld, escritor y crítico literario alemán, le sorprende la cabezonería milenaria de las autoridades de todo el mundo, empeñadas en ignorar la sentencia de Tácito: «Mientras era peligroso poseer libros prohibidos, el público los buscaba. Cuando se levantaron las prohibiciones, cayeron rápidamente en el olvido».

Siglos después, uno de los principios fundamentales del marketing era formulado por Schiller así: «Podríamos (...) lograr que el verdugo queme nuestro libro, y nos lo quitarán de las manos». Voltaire comparaba sus obras con castañas que se vendían mejor cuanto más se asaban.

La invención de la imprenta y la gran eficacia con que los protestantes supieron hacer uso de ella para difundir sus ideas pusieron a la Iglesia católica en un aprieto descomunal del que creyó que saldría airosa unificando las numerosas listas negras existentes en el Índice de Libros Prohibidos de 1559. El catálogo del que se nutrió el Index era tan extenso que incluía una obra del Papa recién elegido, Pablo IV, que planteaba la necesidad de reorganizar la curia romana. ¿Les suena esto?

En contra de la creencia más extendida, el Índice no contenía sobre todo obras consideradas obscenas sino tratados de Historia, en especial los que trataban de la historia del Papado. Una vez más, escribe Fuld, «el público culto leía con fruición cualquier obra histórica incluida en el Index por considerarla un escrito libre de prejuicios. Ningún autor podía desear publicidad mejor».

La obra de Lutero

La Iglesia ordenaba quemar los escritos de Lutero y Lutero organizaba una incineración de la bula papal, los libros excluidos del índice romano eran los que ardían en las hogueras de la Revolución Francesa, y así la Humanidad se ha pasado siglos liada con el fuego y la estopa de los libros. Los nazis lograron un 10 de mayo de 1933 que los estudiantes de siete ciudades universitarias alemanas instalaran picotas donde quemar las creaciones degeneradas bajo la fórmula ritual de: «Entrego a las llamas las obras de...», y aquí venía buena parte de la mejor literatura alemana y europea.

Irónicamente, en Estados Unidos se celebraban manifestaciones en contra de este bibliocausto, como lo llamó el Times, mientras el censor Anthony Comstock, hijo de una familia pobre de puritanos de Connecticut, emprendía una cruzada comparable a la de la Inquisición que condenó a la hoguera los mismos libros que ardían en Alemania. Apenas 20 años después, el senador McCarthy ordenó destruir, como los nazis, las obras de Thomas Mann, Einstein y Freud, así como las de Hammett, Sartre o Melville.

Denis Diderot, hombre de una audacia rayana en la temeridad, logró sortear milagrosamente los embates de la censura colando en la Enciclopedia francesa auténticas cargas de profundidad contra el Ancien Régime, aunque fue el censor superior Malesherbes -un cordero con piel de lobo- quien lo salvó del abismo en numerosas ocasiones. Iliá Ehrenburg fue el más habilidoso funambulista del régimen soviético, que se ensañó en mayor o menor medida con escritores como Bulgakov, Pasternak, Mandelstam o Solzhenitsyn.

En las dos Alemanias de la Guerra Fría «estaba tan prohibido criticar la política americana en el oeste como la soviética en el este». La República Federal censuraba también todo lo que recordara al Tercer Reich y los jueces consagraban el derecho del Estado a defenderse «incluso de la verdad». Bertolt Brecht y Eric Maria Remarque sufrieron el boicot y la invitación a «autocorregirse». La RDA era oficialmente un país sin censura, y quien afirmara lo contrario iba a la cárcel por difamación... El libro más perseguido era 1984 por su crítica del Estado totalitario. Fuld reivindica la figura de Werner Bräunig, un gran escritor que acabó sucumbiendo al acoso del régimen mientras otros autores más acomodaticios aceptaban el juego degradante de sufrir la censura al tiempo que se enriquecían.

Baudelaire, Diderot, Voltaire...

Cuando el dinero anda por medio, la libertad creativa pasa muchas veces a segundo plano. El abogado de Baudelaire vio un gran negocio en las ediciones de lujo de Las flores del mal (al fiscal que buscaba su prohibición sólo le preocupaban las asequibles al pueblo), la Enciclopedia de Diderot y Voltaire no pudo proscribirse por el quebranto económico que hubiera supuesto, y los libreros de viejo sacaban buena tajada de los títulos clandestinos de la Lista Otto en la Francia ocupada, donde se calcula que fueron confiscadas 2.242 toneladas de libros.

Fuld trae a la memoria autores que no mercadearon ni se dejaron amedrentar. Así el alemán Oskar Maria Graf, que con las piras nazis aún consumiéndose proclamó: «Después de todo lo que he hecho y de todo lo que he escrito, tengo el derecho de exigir que mis libros sean entregados a las puras llamas de la hoguera y no acaben en las manos sangrientas y los cerebros corrompidos de las bandas de asesinos pardos». Goebbels le concedió su deseo y prohibió sus libros.

La historia de los libros prohibidos es también la de la estupidez humana. Nadie se explica cómo El origen de las especies nunca se incluyó en el Index romano, y es difícil entender la quema de novelas de Harry Potter en Pittsburgh en pleno siglo XXI, por no hablar de la perspicacia del alcalde estadounidense que mandó retirar de la biblioteca municipal, por obscena, la obra Bikini, dedicada a las pruebas atómicas en el atolón del Pacífico. Al tiempo que en la cultura occidental la censura ha ido suavizándose y adoptando formas más sutiles, en otras latitudes los bárbaros hostigan a creadores como Salman Rushdie o Naguib Mahfuz por el crimen de contar su verdad

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