Misterioso Raval

Josep Ramoneda
El Pais, 16/09/2007

Canalla y popular. En las calles de este barrio barcelonés, en la margen derecha de las Ramblas, conviven desde siempre bohemios, comerciantes y emigrantes. Es un milagro de sus gentes. Aunque el tiempo y la piqueta van cambiando su aspecto, las casas guardan aún cierto aire neorrealista.

Cuenta la que fue concejal del distrito de Ciutat Vella Caty Carreras que cuando la inmigración extranjera empezaba a poner a prueba las hechuras del barrio recibió la visita de una comisión de prostitutas. Estas señoras, representantes del sector autóctono de la profesión, le expresaron su preocupación por la competencia desleal que estaban sufriendo: la irrupción en las calles del barrio de jóvenes negras y mulatas que arrasaban en el mercado del sexo. A las señoras prostitutas les quedaba una opción: bajar el precio. Pero todas ellas coincidieron en que esto era inaceptable por una cuestión de dignidad. Eran tiempos en que la hipocresía social no había tomado aún la forma de ordenanzas municipales, que con limitado éxito han intentado sacar a las prostitutas de la calle. Pero en que ya se anunciaban los cambios que vive el Raval.

El Raval es el barrio que queda a la derecha de las Ramblas de Barcelona, bajando. Al otro lado están el barrio Gótico y el Born, marcados por la enorme pisada del turismo y por el peso de lo institucional ?empezando por la plaza de Sant Jaume, donde Generalitat y Ayuntamiento se miran cara a cara, y siguiendo por la catedral?. O sea, que al bajar las Ramblas, la mayoría de gente gira a la izquierda. La afluencia de turistas ha hecho que los que se asustan ante las masas hablen de parque temático, y el intento de convertir el Born en un barrio de pijería ilustrada ha disparado los precios y ha provocado efectos de expulsión de los viejos del lugar.

A la derecha, el Raval es el hijo menos favorecido de las Ramblas, y, en muchos sentidos, el más interesante. Los cambios también han llegado, pero queda un deje de cultura popular que se resiste a desaparecer. Y en sus estrechas calles, con ropa colgando desde los balcones que casi rozan a los de las casas de enfrente, "se habla y se canta menos que antes", como dice el escritor Casavella, pero hay roce entre las personas y el roce hace cariño, es decir, amores y odios. El Raval es lo que siempre se había llamado el barrio chino. Un barrio al que la vida y la literatura dieron fama de canalla. En el Raval hay plazas que recuerdan a escritores como Jean Genet, y en Casa Leopoldo ?lugar de reposo obligado de Pepe Carvalho?, una foto recuerda que en una de sus mesas André Pieyre de Mandiargues escribió el libro (La Marge) que dio fama literaria al barrio. El higienismo democrático optó por dar el nombre de Raval (que anteriormente se refería a la parte alta del barrio) a esta mitad de Ciutat Vella que va de las Ramblas a la Rondas y al Paralelo. Poco a poco el nombre de barrio chino ha caído en desuso. No sólo por voluntad administrativa, sino por la propia evolución del barrio. Buena parte de la vida nocturna de bares con luces rojas, pensiones por horas, putas callejeras y tiendas de utensilios auxiliares para el sexo (ahora las llaman sex-shops) han mudado a otros lugares. Porque el barrio está sometido a un profundo cambio. Y porque esta dimensión del barrio era sólo una de sus caras. La que llamaba la atención a los jóvenes de los barrios acomodados que hacían excursiones a la mala vida. El escritor Sebastià Sorribas contaba, en una entrevista con Claudio Zulián, la anécdota de una tienda de muebles que se instaló en el barrio con el nombre de El Paraíso. Tuvo que cambiarlo porque la gente iba allí pensando que era un meublée.

En el Raval se hace patente esta idea de que siempre vivimos en lugares que antes han sido habitados por otros. En estos pisos llamados pateras, viejos y nunca remodelados, en que se agolpan hoy 15 o 20 inmigrantes que pagan 300 euros por derecho a cama caliente, es decir, a acostarse ocho horas para dejar después sitio al siguiente, muy probablemente estuvieran antes otros inmigrantes que vinieron del sur o del oeste de España, y quién sabe si antes los hubo que vinieron de otros sitios de Cataluña, y así sucesivamente. El Raval ha sido siempre un lugar de entrada a la ciudad. Allí han encontrado su primera morada muchos de los que han venido de fuera ?y así ha sido en las sucesivas oleadas de inmigración que ha recibido Barcelona, antes del resto de España, ahora del extranjero?, y allí han hecho su primer y a veces único contacto con la ciudad gentes de paso, por la proximidad del barrio al puerto. Los marineros en uniforme formaban parte del imaginario del antiguo barrio chino. Para el Raval, como para tantos otros barrios populares, la gran fractura fue la guerra. Para decirlo en palabras del propio Sebastià Sorribas, antes era un barrio "con mucha porquería, pero con mucha personalidad", y después de la guerra lo que había era "mucha miseria".

De esta personalidad queda la huella. Pero los cambios demográficos de los últimos tiempos lo están poniendo a prueba. Esta huella era una especie de tolerancia popular. El propio Sorribas dice que la característica del barrio era que la gente de mal vivir "estaba aceptada". A veces es más fácil aceptar a la gente de "mal vivir" que al extraño, al extranjero, al otro.

Desde un punto de vista sociológico, podríamos decir hoy que el Raval es un milagro. No es extraño que especialistas de diversos lugares del mundo pongan la atención en él. En algo más de diez años, este barrio ha pasado de una población extranjera de un 2% o un 3% a una cifra cercana al 55% reales, es decir, agregando a los ilegales. En términos de ciencias sociales, se diría que es insostenible. Y, sin embargo, aguanta; con todos los problemas del mundo ?la ciudad es un contenedor universal de problemas?, pero aguanta. El salto ha sido de improviso. El plan de transformación del Raval que se puso en marcha en los años ochenta no contaba con este cambio demográfico porque no estaba en la agenda de esta ciudad convertirse en tierra de inmigración extranjera. Probablemente, los cambios realizados han ayudado a parar el golpe: se demolieron los edificios en peores condiciones de salubridad, se abrieron vías nuevas, se promovieron instituciones culturales que ayudaran al barrio a ganar centralidad, llegaron las universidades, y se abrió una gran rambla que da espacio a gentes venidas de lugares en que están muy acostumbrados a vivir en la calle.

Pero el Raval vive hoy bajo el signo de la fragmentación, lo que puede ser a la vez su suerte y su desgracia. Fragmentación geográfica, con la calle Hospital ?la misma que separaba el chino del Raval? como frontera. Con una parte alta que con la presencia del Macba, la universidad y el CCCB ha desarrollado un comercio de bares, restaurantes, galerías, librerías y lugares de ocio. Unas zonas muy degradas en la parte baja, en torno a la plaza de Jean Genet o al otro lado, ya cerca de las Rondas. Y una zona intermedia, sobre la que deberá verse el impacto del complejo que se construye en la llamada isla de Robadors, con un hotel de lujo, la Cinemateca de Catalunya y la sede de UGT. Fragmentación étnica, si se me permite la expresión, con mucho movimiento mercantil y con zonas dominadas por determinados colectivos de inmigrantes, que ha dado lugar a una leyenda urbana: la de la comunidad paquistaní como poder creciente en el interior del barrio. Como toda leyenda, tiene su parte de realidad. Inevitablemente, en estas primeras fases de inmigración, la tendencia a agruparse por el origen existe y tiene indudables factores positivos. Quizá el secreto del Raval es la variedad. No hay ningún gran gueto, no hay una única comunidad extranjera dominante en confrontación con los autóctonos. Hay gentes de procedencias muy diversas, aunque quizá los más visibles sean los paquistaníes, los magrebíes, los filipinos y algunos latinoamericanos, aunque mucho menos que en otros barrios. Basta pasarse por la puerta de una escuela a la hora de la salida de los chavales ?hay algunas que tienen un 90% de inmigrantes en clase? para ver la variedad de estilos y colores de las madres que los esperan.

Probablemente, la diversidad ayuda, porque evita las polarizaciones. La conflictividad se diluye cuando se produce en múltiples direcciones. Años atrás, Joan Coscubiela me señaló algo que pasó inadvertido en la prensa. En un encierro de paquistaníes e hindúes en una iglesia del barrio, para reclamar papeles, los organizadores prohibieron la entrada a los magrebíes. Pero lo que realmente hace sostenible el Raval son cuatro factores: su gente está muy curtida en la recepción de gentes pobres que vienen de lejos; los que llegan vienen a menudo de situaciones muy malas y están acostumbrados a vivir con lo mínimo, tener un techo, a veces, suena a paraíso; muchos de los recién llegados tienen una relación con el tiempo muy distinta que la nuestra: el tiempo no cuenta y da igual estar quince horas guardando la tienda que en la rambla mirando las musarañas; en fin, la red asistencial es muy importante en el barrio, la pública, por supuesto, pero sobre todo la privada, multitud de organizaciones de asistencia, algunas de carácter religioso, muchas católicas, por supuesto, pero se cuentan ya cinco mezquitas en el barrio, que proveen de comida, ropa y acogida.

Naturalmente, el dinero no hace excepciones y la trasformación del barrio se ha hecho con la especulación pisando los talones de los ciudadanos. Sólo así se explica que el metro cuadrado en el Raval esté a precio de barrio rico. Entre 4.000 y 5.000 euros. Lo cual dificulta obviamente el proceso de cambio. Y da sorprendentes paisajes. Por ejemplo, muchos de los locales de la rambla del Raval permanecieron cerrados bastante tiempo después de su inauguración.

El Raval tiene lugares para la melancolía de los que recuerdan con nostalgia aquellos tiempos de pobreza y marginación que siguieron a la guerra, en que parecía una zona cerrada a cal y canto. Sigue teniendo sus personajes de siempre: aquellos que resisten, tratando de mantener vivo el espíritu del barrio. Ya sea desde una zapatería, un restaurante con historia, un herbolario o un simple café. La resistencia es dura, algunos la consiguen y otros se entierran en la mugre y la incapacidad de cambiar. Porque el cambio aprieta y tiene sobre todo una forma: la apertura incesante de nuevas tiendas ?el paisaje comercial lleva cada vez más la marca paquistaní? y de nuevos locutorios de gentes que vinieron de fuera. Tiendas que a menudo no conocen los límites del horario y del esfuerzo, locutorios que adquieren un papel central porque son a la vez lugar por el que pasan los dineros, punto de encuentro entre gentes del mismo origen y conexión permanente con las raíces del imaginario que uno se llevó a cuestas con la maleta.

En una calle del Raval ha estado escrita durante bastante tiempo una pintada que decía así: "Poco pan y pésimo circo". Quizá ésta es la raíz de la melancolía de algunos viejos ravalistas: antes el pan era probablemente más escaso todavía, ¿están seguros de que el circo era realmente mejor?

Contra la tolerancia / Manuel Delgado